Rituales de escritura (I)

 

hojablancoEscribir no es tarea fácil. Para casi todos es una labor ardua y, a pocos, las musas le han susurrado al oído sus siguientes líneas y, menos, sino estaban escribiendo.

La escritura exige aptitud, esfuerzo, conocimientos, concentración e, incluso, extraños rituales si nos guiamos por los hábitos que grandes escritores han necesitado para poder enfrentarse a la página en blanco.

 

 

En este primer post te mostraremos las rutinas más singulares de los grandes de la literatura a la hora de comenzar a escribir y, en los siguientes, te daremos una serie recomendaciones para crear “una rutina sólida que ayude a conjurar la tiranía de los estados de ánimo. Creando buenos hábitos podemos liberar a nuestras mentes para pasar a campos de acción de verdad interesantes”. Quien firma estas palabras es Mason Currey autor del libro Rituales cotidianos. Cómo trabajan los artistas (Turner Noema, 2014), donde puedes encontrar un compendio de las rutinas, tics, rarezas y manías de más de 160 escritores, pintores, compositores o científicos.

 

heminngwaty

El mito de los escritores malditos y el uso del alcohol parece confirmarse. Hemingway se levantaba al alba para trabajar pese a todo lo bebido el día anterior. Aseguran que era inmune a las resacas. Además, el autor de “Fiesta” escribía de pie, frente a una estantería a la altura de su pecho con la máquina de escribir encima.

 

 

Scott Fitzgerald estaba convencido de que sin ginebra su creatividad no fluiría y Faulkner, aunque era un gran bebedor, cuentan que sólo escribía cuando estaba sobrio. James Joyce al alcoholismo unía sus extravagancias y sus problemas económicos. Mientras escribía el “Ulises” transcurrieron siete años, sufrió ocho enfermedades y diecinueve cambios de domicilio. “Calculo que debo haber pasado casi 20.000 horas escribiendo Ulises“, afirmó.

 

 

A veces se trata de rutinas más o menos singulares: Saramago solo escribía dos folios por día, Pablo Neruda con tinta verde, Antonio Tabucchi en cuadernos escolares y Schiller sólo podía escribir si tenía los pies metidos en un barreño de agua helada.

 

 Supersticiones y extravagancias en busca de la inspiración

García Márquez necesitaba estar descalzo, en una habitación con una temperatura determinada y tener en su mesa una flor amarilla. Lord Byron se inspiraba con el olor de las trufas por lo que siempre llevaba algunas en los bolsillos e Isabel Allende es quizás una de las más extravagantes. Al empezar a escribir enciende una vela y cuando se apaga, deja de escribir aunque sea con una palabra a punto de escribir. Todas sus novelas las comienza un 8 de enero, solo deseamos que la inspiración no la visite un día después.

 

Otro más que supersticioso era Truman Capote. Él escribía cuatro horas al día. Revisaba su obra y hacía dos versiones manuscritas a lápiz antes de mecanografiar una copia definitiva. Escribía en la cama y en el mismo cenicero no podía haber tres colillas al mismo tiempo. Los viernes no podía empezar ni terminar un texto y a sus genialidades añadía sumar números compulsivamente en su cabeza.

 

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La escritora y activista Maya Angelou contaba que nunca pudo escribir en su casa: “no consigo trabajar en un lugar bonito. Me desconcierta”. Y por ello lo hacía en cuartuchos de moteles. Alejandro Dumas usaba una sotana roja y Balzac se levantaba a medianoche, se vestía una túnica blanca de cachemira y escribía ininterrumpidamente de 12 a 18 horas seguidas sin dejar de consumir tazas y tazas de café. A ese ritmo, escribió más de 100 novelas y narraciones cortas.

 

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La poetisa Sylvia Plath relató en su diario personal su lucha constante para crear una rutina que le permitiese escribir. Poco antes de morir -se suicidó con 30 años-, lo consiguió: tomaba sedantes y cuando se le pasaba el efecto, hacia las cinco de la madrugada, se levantaba y escribía hasta que sus hijos se despertaban. De esta forma, en sólo dos meses en 1962 consiguió producir casi todos los poemas incluidos en Ariel.

 

 

Y aunque Philip Roth asegura que “escribir no es un trabajo duro, es una pesadilla” en Palibrio queremos que te apuntes el consejo de Hemingway: “empezar y escribir, y escribir, hasta que de pronto uno sienta que las cosas salen solas, como si alguien te las dictara al oído, o como si el que las escribe fuera otro”. Quizás estaba hablando de la escritura automática pero esto te lo contaremos en otro post.

 

 

 

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