Testimonio de gratitud a la editorial Palibrio

 

Juan J. Cardiel Perales, autor de La tierra de Hávilath

Amigos, hablar de Palibrio es hablar de una especie de milagro editorial hecho realidad. Es hablar de una puerta que se abre a los desposeídos de medios económicos, de renombre y de crédito literario; y sobre todo a los que carecemos de la ‘aguja mágica’ que teje el hilo de la relación que conviene a esta clase de desheredados.

 

 

Hablar de Palibrio es hablar de un portal de clase universal, que sin distingos de raza, talento o credo, se abre al autor inespecífico o internacional; porque este género de autor, antes que amarse a sí mismo se da a la humanidad; y ella respeta al ‘autor universal’ y su derecho a la libre estampa de sus ideas en un libro; porque el libro, habitáculo de su alma, podrá ser destruido, empero sus ideas, como el alma, son perennes, no tienen ‘fecha de caducidad’.

 

Quizá algunos autores cuestionen mi tono laudatorio, y digan: ‘Amigo, ¿qué te pasa?, Palibrio es sólo una Empresa creada para ganar dólares’. Y, yo replicaría: ‘¡exacto, amigo! ¿Acaso una Empresa, del tipo que ésta sea, es capaz de subsistir sin fortalecer sus activos de personal, económicos o físicos? ¡Imposible! Si bien, Palibrio cumple este propósito, reitero, lícito, y tanto lo excede que logra un segundo fin, que otras editoriales, no; ése tan loable fin se llama: Justicia, Equidad, Altruismo (tiene varios nombres).

 

 

latierra

Y merced a este acto de ‘conciencia’, Palibrio sienta las obras que edita en el ‘banquillo de un tribunal del pueblo’; para que el pueblo las juzgue. ¿Impresionan su inteligencia, impactan su imaginación, o, si incluyen mensajes humanos, hieren sus sentimientos? Es saludable que el lector sea quien dictamine si la obra en cuestión posee o no el mérito de ser leída por propios y extraños. En otras palabras: Su editor desea que la obra se gane ese derecho.

 

 

Esto es, como si Palibrio, dijera: ‘Ciudadano del mundo: He aquí la ficción que produjo el cerebro creador de un congénere, hermano tuyo. Él se atrevió a expresar su verdad (y la de otros, que por modestia callan) en un libro, y darlo a la estampa. Y, puesto que tú eres un juez imparcial, el más calificado, ya que dejas fuera los prejuicios, los convencionalismos, las manías y licencias que impone la fama, los vicios literarios del lenguaje ‘facilista’, y la palabra vulgar que lesiona tus buenas costumbres y tu moral de individuo recto, que anhela una vida digna y en paz, y vencer tu fragilidad, desazón e impotencia para renovar a tu hermano el hombre, y hacer del mundo un hogar limpio, cómodo, honorable y democrático.

 

 

Empero, amigos, el hecho nada casual de ser un pez afortunado por estar en las redes que Palibrio tiende al mar de los cinco continentes de la literatura en español, tiene su historia, ¿queréis oírla? Asumo que sí.

 

 

Hela aquí:

Érase una vez en el bello Puerto de Acapulco, allá por 1966… En tal año prestaba yo mis servicios, como Jefe de Turno, en la Planta Termoeléctrica de Las Cruces; en uno de cuyos bungalós, anexos a la Planta, vivía con mi familia.

 

 

 

Un día, que recordar mi mente no quiere, aunque sí un sentimiento de gratitud que le arrastra hacia ella, sucedió lo inesperado… Había ido por mi esposa y dos hijos a la terminal de autobuses; y, habiéndoles recogido, a la sazón viajaban conmigo a bordo de un auto Belvedere, cuando, sin decir agua va (aunque tal vez una serie de horrorosos truenos, que sonaron como cañonazos, anunciaron su inminente arribo), se desató una tromba de fuerza y volumen tal, que digan ustedes que caían, no gotas de agua, de un cielo en tal momento enfurecido y negro, sino un aluvión proveniente de las Cataratas del Niágara. ¡Y digo más!: La Costera Miguel Alemán, siendo de suyo un boulevard, de por sí lleno de tráfico, pero tranquilo, en un decir Jesús se disfrazó de río; río que sumergía o arrastraba cuanta cosa obstruía su paso. Y el Belvedere no escapó al ímpetu de su torrente enlodado; pues, como por conjuro de brujo, en segundos, pasó de automóvil a ser chalupa o bote a la deriva.

 

 

No es difícil imaginar que el azoro y los quejosos lloriqueos de mis hijos, aunados a los ‘Jesucristo aplaca tu ira’ que a grandes voces daba mi cónyuge, el diluvio, acompañado con música de truenos, convertía el penoso incidente en un melodrama.

 

 

Yo, torpe, y con la mente oscurecida, movía desesperadamente el volante y el pedal del freno para recuperar el control del vehículo; pero al advertir que el auto no tenía timón, pues que ya no era auto sino lancha, entré en pánico; si bien, momentáneamente, pues lueguito mandé el miedo súbito  a paseo, abracé a mis hijos y llamé (y no por celular) a todos los santos del Cielo.

 

 

Seguro que alguno oyó mi urgente voz de auxilio, ya que al punto mandó a tres ángeles güeros, vestidos con playeras y bermudas de vistosos colores. El percance duró lo que dura un santiamén; si bien, a mí el santiamén me envejeció. Mientras un ángel, enfrentaba la fuerza de la corriente, hacía prodigios de equilibrio y detenía el avance del coche que hacía agua y zangoloteaba, los otros dos, no menos atrevidos, ignorando la furia del aguacero y aceptando igual el reto de la avenida que a fuerza de olas intentaba arrastrarles, a tirones abrieron las puertas, tomaron a mis dos hijos en brazos; y luego de sacarles del auto, cae que no cae se dirigieron a la acera. Yo en tanto, musitando preces y esquivando los autos que en calidad de chalupas jalaba el torrente, y asistido por una fuerza ignorada, hacía lo propio con mi mujer para sostenerla, vadear el endiablado río que había sido calle, y ponerle fuera de su alcance.

 

 

Puesta ya mi familia a salvo, bajo techo y en un lugar seco, justo en las gradas de una discoteca (la primera que hubo en el Puerto), los ‘ángeles’ trajeron mantas y abrigaron a mis hijos, que mojados, y aún quejosos tiritaban de frío. Y reflexionando, me dije: ‘Bueno, y los ángeles ¿de dónde sacaron las mantas?’ Y me respondí: Ah sí, de algún ropero celeste. Es que eran ángeles, lógico. A un ángel nada le es difícil; ellos pueden sacar sangre de una piedra, y cosas así, si quieren.

 

 

Naturalmente di las gracias al Santo y a las criaturas del Cielo que mandó. Y el Belvedere ¿a dónde fue a parar? Al mar, pero sin pasajeros (corrijo, con los velices).

Y fin de esta historia de la vida real.

 

 

Postdata:

Y la identidad de los ángeles, querrán saber ustedes. ¿No la adivinan? Pues eran tres hijos del Tío Sam, un padre y sus dos hijos. Extraño; pues a casi 50 años de este suceso, el Tío Sam, en la persona de la Editorial Palibrio, acude a salvarme de nuevo; antes salvó mi vida física, ahora mi vida literaria. Y ¡qué sublime coincidencia!… El Tío Sam fue el autor directo del acto de heroísmo, pero el autor intelectual que le envió, ¿acaso fue un Ente del Cielo? ¡A fe de caballero que sí!

 

 

Amigos, a mi deuda de gratitud incluyo La tierra de Hávilath, ya que en letargo por años, dormía a pierna suelta cuando Palibrio y Ocreso tocaron su hombro, y le dijeron: ‘¡Despierta!, levántate, amiga, tu hora de arar el mundo y sembrar tu verdad, ¡ha sonado! La tierra de Hávilath es un árbol que su autor ha cultivado para hacer el bien.  Caro lector: Si encuentras amor al comer de su fruto, te advierto que no es mera coincidencia: su cultivador abonó su tierra con él, y le regó con el agua del afán y el anhelo de servir.

 

 

Gracias, Palibrio…Un abrazo a los ‘jefes y soldados de tu ejército de letras’. Y desde luego, a la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, por dar su anuencia para la edición de La tierra de Hávilat.

 

 Juan J. Cardiel Perales

 

 

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *